CARTA DE PILAR GALLAS DESPUÉS DE ACABAR EL CURSO
BÁSICO DEL CENTRO DE LA IMAGEN
¿QUÉ VES?
¿Qué ves? Me pregunté cuando apareció la foto en la pantalla del laptop. Ya no veía la concha y las piedras grises y negras de la playa, ni veía su pequeño mundo de detalles formidables incrustados sobre los guijarros. Y tampoco la blancura insultante de la concha fragmentada.
¿Qué ves? Hoy, veo la dulzura de la luz del amanecer, a eso de las seis de la mañana. Veo la tersura del aire y puedo respirarla. Percibo la inclinación oblicua de los rayos del sol y la temperatura de esa luz. Ya no es blanca la luz, adivino su color en la vibración ondulada de sus ondas infrarrojas, aquellas que se desvían poco. Es una luz de textura suave, como de perla sonrosada que habla desde los cantos negros, desde el granito y la concha. Veo el brillo de la concha en su dorso, cara al sol matutino, su brillo es excesivo y pienso: se perderá detalle al revelar la foto. Veo el caminar de esa misma luz sobre la concha, va rebasando su grupa abultada de concha-caballo. Distingo su transformarse, su convertirse en luz azul, obedeciendo a la rugosidad de las estrías calcáreas. Es una luz especial, dialoga con el agua del mar y la vida marina. Hay una cinta rota de alga rubia, recién mojada y, a su lado, un guijarro de granito. Es un goce notar como ese sol se arrellana sobre su superficie áspera y mojada de piedra recién chupada por la lengua marina. Es una piedra viva más allá de sus átomos en movimiento, una piedra rodeada de amor. Del amor del mar con su lengua salada, el amor de los seres que se crecen sobre su flanco. Intuyo su felicidad y su frescura. Me comunica su sentirse bien en su piel de piedra acariciada por esta luz, así como en las noches de luna y en las tempestades, cuando brama la voz del mar, en las hogueras de la playa y en el restregarse de las marejadas. Descubro su ser viajero y su trayecto milenario, esa lucidez de la piedra que sabe que puede caminar aún sin piernas y sin alas. Su buen olor y su limpieza pulcra. Su ser perfecto hasta en la oscuridad profunda: su honestidad de piedra granítica. Canta junto a las conchas y al grito de la gaviota hambrienta que se mezcla con el murmullo de las olas. Cuenta de la dicha de vivir instantes como este: plenos, en la hermosura gratuita de la playa, en la soledad de los amaneceres vírgenes cuya acción es benéfica para con el alma. Eso también está en la imagen, al igual que esa iridiscencia de la luz que había estado bebiendo del agua del mar y la lisura de los guijarros que dan fe de su fluidez sin miedo.
Nos enseñaron a ver las cosas invisibles pero yo creo que, en un momento dado, fueron las cosas invisibles las que se manifestaron, abriéndose ya sin pudor para revelarnos su esencia.
Todo sobrevino por estar allí simplemente, por la cámara en la mano, por la liviandad del viaje, por el sueño nocturno que se había consumado y por la vida, que no pedía más que una sola cosa: ser amada o, lo que viene a ser lo mismo, fotografiada sin reparo. Pues, un disparo no es un click que produce el índice al accionar el disparador. Son miles de click que ocurren: en el paisaje, en los nervios ópticos, en el cerebro, en la conciencia, en el corazón. Entonces aparece la visión… Y en ese instante yo soy yo, en la profundidad más intensa de mi ser, lúcida y sintética. Soy ya sin palabras, soy los ojos mudos de mi mente. Yo, en el gozo y la euforia, en el aprender infinito caminando en el primer calor suave sobre la piel, en el cabello y en las manos.
En el fondo, concha y guijarros no son más que un pretexto. En la foto no hay sino la luz de la costa del océano pacífico, avivada por el salobre, la leve respiración de la resaca en esa hora de paz, la tenue brisa y la alegría innata del comienzo envuelta en cada aurora nacarada.
Luz de Vancouver Island. Eso es, luz en estado de gracia. Puramente… luz.
¿QUÉ VES?
¿Qué ves? Me pregunté cuando apareció la foto en la pantalla del laptop. Ya no veía la concha y las piedras grises y negras de la playa, ni veía su pequeño mundo de detalles formidables incrustados sobre los guijarros. Y tampoco la blancura insultante de la concha fragmentada.
¿Qué ves? Hoy, veo la dulzura de la luz del amanecer, a eso de las seis de la mañana. Veo la tersura del aire y puedo respirarla. Percibo la inclinación oblicua de los rayos del sol y la temperatura de esa luz. Ya no es blanca la luz, adivino su color en la vibración ondulada de sus ondas infrarrojas, aquellas que se desvían poco. Es una luz de textura suave, como de perla sonrosada que habla desde los cantos negros, desde el granito y la concha. Veo el brillo de la concha en su dorso, cara al sol matutino, su brillo es excesivo y pienso: se perderá detalle al revelar la foto. Veo el caminar de esa misma luz sobre la concha, va rebasando su grupa abultada de concha-caballo. Distingo su transformarse, su convertirse en luz azul, obedeciendo a la rugosidad de las estrías calcáreas. Es una luz especial, dialoga con el agua del mar y la vida marina. Hay una cinta rota de alga rubia, recién mojada y, a su lado, un guijarro de granito. Es un goce notar como ese sol se arrellana sobre su superficie áspera y mojada de piedra recién chupada por la lengua marina. Es una piedra viva más allá de sus átomos en movimiento, una piedra rodeada de amor. Del amor del mar con su lengua salada, el amor de los seres que se crecen sobre su flanco. Intuyo su felicidad y su frescura. Me comunica su sentirse bien en su piel de piedra acariciada por esta luz, así como en las noches de luna y en las tempestades, cuando brama la voz del mar, en las hogueras de la playa y en el restregarse de las marejadas. Descubro su ser viajero y su trayecto milenario, esa lucidez de la piedra que sabe que puede caminar aún sin piernas y sin alas. Su buen olor y su limpieza pulcra. Su ser perfecto hasta en la oscuridad profunda: su honestidad de piedra granítica. Canta junto a las conchas y al grito de la gaviota hambrienta que se mezcla con el murmullo de las olas. Cuenta de la dicha de vivir instantes como este: plenos, en la hermosura gratuita de la playa, en la soledad de los amaneceres vírgenes cuya acción es benéfica para con el alma. Eso también está en la imagen, al igual que esa iridiscencia de la luz que había estado bebiendo del agua del mar y la lisura de los guijarros que dan fe de su fluidez sin miedo.
Nos enseñaron a ver las cosas invisibles pero yo creo que, en un momento dado, fueron las cosas invisibles las que se manifestaron, abriéndose ya sin pudor para revelarnos su esencia.
Todo sobrevino por estar allí simplemente, por la cámara en la mano, por la liviandad del viaje, por el sueño nocturno que se había consumado y por la vida, que no pedía más que una sola cosa: ser amada o, lo que viene a ser lo mismo, fotografiada sin reparo. Pues, un disparo no es un click que produce el índice al accionar el disparador. Son miles de click que ocurren: en el paisaje, en los nervios ópticos, en el cerebro, en la conciencia, en el corazón. Entonces aparece la visión… Y en ese instante yo soy yo, en la profundidad más intensa de mi ser, lúcida y sintética. Soy ya sin palabras, soy los ojos mudos de mi mente. Yo, en el gozo y la euforia, en el aprender infinito caminando en el primer calor suave sobre la piel, en el cabello y en las manos.
En el fondo, concha y guijarros no son más que un pretexto. En la foto no hay sino la luz de la costa del océano pacífico, avivada por el salobre, la leve respiración de la resaca en esa hora de paz, la tenue brisa y la alegría innata del comienzo envuelta en cada aurora nacarada.
Luz de Vancouver Island. Eso es, luz en estado de gracia. Puramente… luz.
PILAR
GALLAS
Peguche, enero 2008.
Peguche, enero 2008.